En la industria de la innovación, uno de los mayores desafíos éticos de la inteligencia artificial casi no se ve a simple vista: los datos. La IA aprende de información previa, como historiales de contratación, consumo, crédito o vigilancia y si esos datos ya contienen prejuicios o desigualdades, el sistema puede repetirlos y hacerlos parecer “neutrales”. A esto se suman otras preguntas importantes: ¿a quién pertenece una idea cuando la propone una IA?, ¿cómo confiar en decisiones que ni siquiera los expertos pueden explicar con claridad?, y ¿qué pasa cuando unas pocas empresas concentran el control de los datos y de la tecnología? Desde esta mirada, innovar no es solo ir más rápido, sino preguntarnos qué tipo de sociedad estamos construyendo con esas herramientas.
En el ámbito de la medicina, la inteligencia artificial ha mostrado avances muy positivos. Hoy puede ayudar a detectar enfermedades en imágenes médicas, priorizar pacientes, predecir riesgos o incluso acelerar el descubrimiento de nuevos medicamentos. Todo esto se traduce en diagnósticos más tempranos, menos tiempo de espera y un mejor uso de los recursos de salud. Sin embargo, también existen riesgos: un sistema puede funcionar bien con ciertos grupos de población y fallar con otros que tienen menos datos disponibles. Además, surgen dudas sobre la privacidad de los expedientes médicos, el consentimiento de los pacientes y la responsabilidad cuando una decisión automatizada resulta incorrecta. En un campo donde una decisión puede marcar la diferencia entre la vida y la muerte, no basta con que la tecnología sea rápida: debe ser clara, revisable y siempre supervisada por profesionales.
Las críticas a la inteligencia artificial no han faltado. Desde lo social y lo político, se advierte sobre la vigilancia masiva, la manipulación de la información, la pérdida de empleos o la dependencia excesiva de las máquinas. Desde lo técnico, algunos expertos señalan que muchos sistemas no “entienden” realmente lo que hacen, sino que solo detectan patrones, lo que puede generar una falsa sensación de seguridad. Aun así, quienes defienden su uso coinciden en algo clave, una IA bien diseñada no busca reemplazar a las personas, sino ayudarlas. Lo más valioso que ha logrado hasta ahora no es pensar por nosotros, sino encargarse de tareas repetitivas para que los humanos podamos dedicar más tiempo a investigar, crear, cuidar y tomar mejores decisiones.
Definitivamente, el debate no debería ser si estamos “a favor” o “en contra” de la IA, sino cómo usarla con responsabilidad, lo que implica contar con datos de calidad, el consentimiento de las personas, evaluar y corregir sesgos, explicar las decisiones de acuerdo con el nivel de riesgo, ser transparentes sobre sus límites y establecer mecanismos claros de rendición de cuentas. Visto desde la historia de la ciencia, este es un momento decisivo: la inteligencia artificial puede convertirse en una herramienta poderosa para mejorar la ciencia, la medicina y la innovación, o bien en un factor que amplíe desigualdades. Al final, el verdadero reto no está en la tecnología, sino en nuestras decisiones que definen cómo y para qué se utiliza.
Emilia Beltrán, área de comunicación y divulgación PCTUAS


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