¿Por qué el fútbol nos emociona tanto? La respuesta está en nuestro cerebro

Como cada cuatro años, millones de personas alrededor del mundo se reúnen f rente a una pantalla o llenan los estadios para seguir un Mundial de Fútbol. Los gritos, los abrazos, los nervios y hasta las lágrimas parecen desproporcionados para quienes no disfrutan este deporte. Sin embargo, la ciencia ha demostrado que, cuando observamos un partido de fútbol o cualquier competencia deportiva, nuestro cerebro responde como si nosotros mismos formáramos parte del juego. Lejos de ser un simple entretenimiento, el deporte activa complejas redes neuronales relacionadas con las emociones, la recompensa, la impotencia y el sentido de pertenencia. En otras palabras, ver un partido es una experiencia biológica y social mucho más profunda de lo que parece. Uno de los principales protagonistas es la dopamina, un neurotransmisor relacionado con la motivación, la expectativa y el aprendizaje por recompensa. Durante un encuentro deportivo, especialmente en jugadas de peligro, penales o goles, el cerebro libera dopamina, generando una intensa sensación de emoción y placer. Curiosamente, esta sustancia no aparece únicamente cuando nuestro equipo anota, sino también durante la espera del desenlace. Esa incertidumbre mantiene al cerebro en estado de alerta, anticipando constantemente qué ocurrirá en los siguientes segundos. Por ello, los deportes con resultados impredecibles suelen resultar especialmente atractivos para los espectadores. Además, aunque permanezcamos sentados frente al televisor, el organismo responde como si estuviera participando en la competencia.; la frecuencia cardiaca aumenta, la respiración se acelera, las manos sudan y se liberan hormonas como la adrenalina y el cortisol, conocidas por preparar al cuerpo para responder ante situaciones de tensión. Investigaciones de la Universidad de Oxford encontraron que los aficionados con un fuerte sentido de identidad hacia su equipo presentan niveles significativamente mayores de cortisol durante los partidos, especialmente cuando el resultado está en riesgo o el equipo pierde. Para el cerebro, el encuentro representa un desafío emocional auténtico. ¿Por qué gritamos un gol, aunque no estemos en la cancha? La explicación también está en nuestro cerebro. Diversos estudios sugieren que, al observar movimientos deportivos, se activan regiones relacionadas con las llamadas neuronas espejo, un sistema que facilita comprender e imitar las acciones de otras personas. Por ese motivo, muchas personas se inclinan involuntariamente cuando un jugador dispara al arco, levantan los brazos antes del gol o incluso sienten el impacto de una falta. El cerebro «simula» parcialmente lo que observa, permitiendo experimentar las acciones ajenas como si fueran propias. El deporte también fortalece uno de los mecanismos más antiguos de la evolución humana: la pertenencia al grupo. Cuando miles de personas cantan el mismo himno, usan los mismos colores o celebran juntas una victoria, aumenta la liberación de oxitocina, una hormona relacionada con la confianza, la cooperación y los vínculos sociales. Incluso investigaciones recientes muestran que quienes observan eventos deportivos en grupo sincronizan parcialmente su ritmo cardiaco y experimentan una mayor sensación de unidad con los demás asistentes. Aunque durante años se pensó que mirar deportes era una actividad completamente pasiva, la evidencia científica comienza a mostrar lo contrario. Estudios con resonancia magnética han encontrado que observar competencias deportivas activa regiones cerebrales vinculadas con el bienestar y la recompensa. Incluso existe evidencia de que seguir deportes de manera habitual puede asociarse con mayores niveles de satisfacción personal y bienestar psicológico, especialmente cuando la experiencia se comparte con otras personas. Así, cada gol, cada remontada y cada campeonato movilizan mucho más que emociones. Activan circuitos cerebrales que durante miles de años ayudaron a los seres humanos a cooperar, formar comunidades y celebrar logros colectivos. Quizá por eso el fútbol sigue siendo considerado el deporte más apasionante del mundo: porque, más allá del marcador, conecta directamente con la forma en que nuestro cerebro fue diseñado para sentir. Área de comunicación y difusión PCT_UAS
Llamado global por el clima en el Día Mundial del Medio Ambiente 2026

El calor llega antes que el amanecer. En distintas regiones de México, las temperaturas superan los 40 grados centígrados, los ríos muestran niveles cada vez más bajos y las lluvias, cuando llegan, suelen hacerlo con una intensidad que pone a prueba ciudades enteras. Lo que hace apenas unas décadas parecía una advertencia lejana, hoy forma parte de la vida cotidiana de millones de personas. En este contexto, el 5 de junio se conmemora el Día Mundial del Medio Ambiente, una fecha impulsada por las Naciones Unidas para recordar que el futuro del planeta depende de las decisiones que tomemos en el presente. Este año, la celebración mundial tiene como sede a la República de Azerbaiyán, donde gobiernos, organismos internacionales y especialistas han vuelto a colocar sobre la mesa una pregunta urgente: ¿estamos actuando con la rapidez que exige la crisis climática? La preocupación no es menor; durante los últimos años, el mundo ha sido testigo de incendios forestales más devastadores, sequías prolongadas, huracanes más intensos y un aumento constante del nivel del mar. La comunidad científica advierte que la Tierra se encuentra peligrosamente cerca de superar el límite de 1.5 grados centígrados de calentamiento global establecido en el Acuerdo de París, un umbral que podría desencadenar un impacto ambiental cada vez más difícil de revertir. Frente a este panorama, el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente impulsa una campaña global que busca convertir la preocupación en acciones concretas. La meta es clara: reducir las emisiones de gases de efecto invernadero y fortalecer la capacidad de adaptación de las comunidades ante los cambios que ya están ocurriendo. México forma parte de este esfuerzo internacional. En 2025, el país presentó una actualización de sus compromisos climáticos mediante la Contribución Determinada a Nivel Nacional (NDC 3.0), estableciendo por primera vez una meta absoluta de reducción de emisiones para 2035. Esta estrategia se complementa con acciones enfocadas en la conservación de bosques y manglares, la restauración de ecosistemas, la transición energética y la promoción de modelos de desarrollo más sostenibles. Sin embargo, más allá de los compromisos firmados en foros internacionales, el desafío también se vive a escala local. Estados como Sinaloa han experimentado olas de calor cada vez más intensas y fenómenos meteorológicos extremos que evidencian la necesidad de fortalecer la infraestructura urbana, proteger los recursos naturales y promover una cultura ambiental que involucre a toda la sociedad. El Día Mundial del Medio Ambiente 2026 llega, así como algo más que una fecha conmemorativa. Es un recordatorio de que el cambio climático ya no es un escenario futuro, sino una realidad presente. Y también una invitación a comprender que cada acción, desde las políticas públicas hasta las decisiones cotidianas, puede contribuir a construir un futuro más sostenible para las próximas generaciones. Área de comunicación y difusión PCT-UAS
Extremos climatológicos: una realidad cada vez más común en México

¿Sabías que México se está calentando a un ritmo superior al promedio mundial? Durante mayo, gran parte del país ha enfrentado intensas olas de calor con temperaturas superiores a los 40 °C, alcanzando hasta un 45 °C en el estado de Sinaloa. Lo que antes parecía un fenómeno extraordinario, hoy comienza a formar parte de la vida cotidiana. Las consecuencias van más allá de la incomodidad; las altas temperaturas incrementan el consumo de electricidad debido al uso constante de ventiladores y aires acondicionados, elevando los costos para miles de familias. Además, el calor extremo reduce la productividad laboral, especialmente en actividades que se realizan al aire libre o en espacios sin condiciones adecuadas de ventilación. Al mismo tiempo, los fenómenos meteorológicos extremos son cada vez más intensos. El calentamiento de los océanos favorece lluvias torrenciales y huracanes más fuertes, sin embargo, muchas ciudades mexicanas carecen de la infraestructura necesaria para soportar grandes cantidades de agua, provocando inundaciones frecuentes, daños materiales y afectaciones a la movilidad urbana. Esta situación evidencia no solo los efectos del cambio climático, sino también las profundas desigualdades sociales que existen en las ciudades. Las personas más vulnerables como los trabajadores de la construcción, comerciantes ambulantes, repartidores y sectores de bajos recursos, son quienes enfrentan mayores riesgos. Son ellos quienes recorren largas distancias bajo temperaturas extremas, carecen de espacios verdes para resguardarse y viven en zonas con mayor exposición a inundaciones y enfermedades relacionadas con el calor. Como advirtió el experto climático indio Rajendra Pachauri, “el calentamiento global ya no es una amenaza futura, es una realidad que afecta nuestras vidas hoy”. Esta afirmación cobra cada vez más sentido en nuestro país, donde las olas de calor extremas, las lluvias intensas y los fenómenos meteorológicos cada vez más agresivos impactan directamente la salud, la economía y la vida cotidiana de millones de personas. Frente a este panorama, resulta urgente apostar por ciudades más resilientes: con mejor infraestructura hidráulica, más áreas verdes, transporte eficiente y políticas públicas capaces de reducir los efectos de las olas de calor. Prepararnos para el futuro ya no es una opción, sino una necesidad inmediata. Daniel Rodríguez, área de comunicación de difusión PCT-UAS